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El trastero

25.06.10 – Hoy.es – Jesús Alberto Lleonart | notario de Azuaga – artículos de fe
Un gran edificio de apartamentos en primera línea de playa, una de esas moles que se anuncian a distancia perfilando el litoral, un edificio de rango, con todos sus servicios: viviendas, locales comerciales, plazas de garaje y trasteros, además de elementos comunes para ocio y zona deportiva. El matrimonio consultante, residente en Extremadura, adquirió un apartamento que tenía vinculado como anejo un trastero en el sótano. Andando el tiempo, fijaron su residencia en el Paseo Marítimo de Cádiz, aunque apenas disfrutaban de la playa, pues preferían los paseos por Puerta de Tierra hacia Bahía Blanca.
Ante la afluencia de veraneantes en aquel tramo de costa, justo enfrente de su edificio -la playa urbana más grande de Europa, según rezan, con razón, los anuncios, de lo que di fe durante casi ocho años de mi vida- fueron varios los turistas que pusieron anuncios en su cotizado edificio, demandando la compra de un trastero.
La razón de tanta demanda, me explican, radica en que antes y después de la jornada de playa conviene tener un espacio en el que guardar las sillas, sombrillas y demás aperos para una prolongada jornada acuática, y claro, su edificio a pie de playa, a escasos cinco metros del Paseo Marítimo, era de lo más cotizado. Además, así los aspirantes a comprar evitarían tan onerosa carga, depositando allí los trastos y, contribuirían, además, a erradicar la imagen -tan típica como penosa para el espectador de cualquier ciudad costera- como porteadores de mobiliario y enseres de playa por calles y avenidas.
Mis amigos, ya en plena madurez, y no muy aficionados a la playa están dispuestos a sacrificarse y deshacerse de su codiciado trastero, por el que cada verano le llueven ofertas, cada vez más elevadas.
Me consultan la posibilidad de separar el anejo -inseparable- de su vivienda y vendérselo a un gaditano muy simpático con el que coinciden en una maravillosa freiduría gaditana.
En principio, la cosa tiene mal pronóstico. Me intereso por los estatutos de la propiedad horizontal y compruebo que se permite la segregación y división de los elementos independientes. «Magnífico -me interrumpen-, cuando quiera firmamos…». La historia no acaba ahí. Les digo que una cosa es segregar o dividir un elemento independiente -piso o local- creando dos o más, y otra muy distinta desvincular un anejo -garaje o trastero- de la vivienda con la que aparece unido en indisoluble consorcio. Eso es ya cirugía de alta precisión. Las caras van cambiando de color. «Entonces cómo hacemos para desvincular y vender, porque necesitamos liquidez y tenemos un amigo dispuesto a comprar…».
Les explica lo que no quieren oír. Al redactar la escritura del edificio y sus estatutos se omitió un pequeño detalle. Es por eso que será necesario contar con la unanimidad de todos los vecinos, previa convocatoria de junta de propietarios en la que consientan la desvinculación del trastero y los consabidos gastos respectivos de documentación y su inscripción en el Registro de la Propiedad. Imposible: hay vecinos, de esos que van con la barbilla muy alta, que ni les saludan. Se van desolados porque el comprador quiere la escritura de su trastero y, sin escritura no hay trato ni contrato.
Mis clientes -y ustedes no lo olviden- ya lo saben, al menos se lo hago mirar siempre: para evitar los problemas de tener que contar con la unanimidad de todos los copropietarios y el posible veto de algún convecino, es muy recomendable que el notario incluya expresamente al redactar los estatutos del edificio el derecho de cada propietario a desvincular su anejo inseparable, actuando por sí y ante sí, para lo que se concede anticipadamente su autorización sin tener que contar con la junta de propietarios.
De lo contrario, una declaración de independencia, aunque sea de un simple trastero, requerirá de un auténtico referéndum vecinal, que como saben, casi siempre, los carga el diablo.


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