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Hospitales desbordados y colapso de la sanidad: un año de covid en primera línea

Hospitales desbordados y colapso de la sanidad: un año de covid en primera línea

12 marzo, 2021 USO

De un hospital de referencia a no tener hospitales suficientes: así desbordó el covid la sanidad española hace un año

A la par que se tomaron las primeras medidas en los territorios más afectados por el covid, los hospitales, a solo unos días de vivir el mayor colapso de la historia de la sanidad en democracia, comenzaban a temer verse desbordados. Los centros sanitarios vivirían una situación de guerra, por primera vez desde 1939, España se llenó en pocos días, de norte a sur, de hospitales de campaña. Había llegado «el virus de China». Había llegado el covid. Comenzaba el horror para miles de profesionales y una pesadilla para la población, que perdió la sensibilidad para con la muerte al escucharlos por cientos.

A principios de febrero de 2020, había un solo hospital covid. Después, no hubo hospitales suficientes. Todos hemos sufrido el covid, pero el personal sanitario le vio todos los días la cara a la muerte. Y lamentan las pocas lecciones que hemos aprendido de la pandemia.

El Gómez Ulla: un solo hospital para tratar a los posibles contagiados de covid

Desde que el 28 de enero de 2020 el Hospital Militar Gómez Ulla, en el barrio madrileño de Carabanchel, fue designado como centro de referencia para recibir a los, por entonces, «posibles» contagiados de covid-19 hasta que no hubo hospitales suficientes para acogerlos a todos… no pasaron ni dos meses. Los trabajadores del Gómez Ulla fueron los primeros en conocer lo desconocido, en recibir cero información sobre un virus que aún se veía muy lejos, «en China». Un virus que solo traían los que habían viajado.

María José Expósito recuerda esa falta de indicaciones: «los primeros días en los que tratamos con el covid desconocíamos por completo lo que era la enfermedad. Lo único que nos decían era que dábamos mala imagen en urgencias con las mascarillas puestas. Personalmente, ya intuía que era algo muy gordo: no nos daban ninguna información y, según la dirección, el material de protección solo lo necesitaban los médicos. El resto del personal no lo necesitaba».

En pocos días, los casos recibidos con cuentagotas se desbocaron. Esta afiliada de USO no puede encontrar otra expresión: «trabajar en el hospital sin ser considerados ‘de primera línea’ era, perdón, una mierda. La carga de trabajo era como 5 veces mayor, no había material suficiente: teníamos que reciclar, íbamos a mascarilla por día, los guantes eran contados… y solo había batas para trabajadores de algunos puestos, no para todos».

Vitoria, primera «zona cero» del coronavirus

Madrid fue el símbolo de la desesperación de la primera ola, pero otros núcleos más pequeños vivieron los primeros brotes graves que se conocieron en España. Antonio Frechilla, técnico de emergencias sanitarias y delegado de USO en Bizkaia, entró en contacto con el virus en febrero. Lo vivió, en un primer momento, como si estuviera dentro de una película.

«La primera actuación que tuvieron mis compañeras fue el 23 de febrero. Se vivió con escepticismo. Yo entré a trabajar el fin de semana del 29 de febrero. Ese día desactivaron mi ambulancia de la red de emergencias para que cogiésemos una de las dos ambulancias que había por aquel entonces de traslado de infecciosos en Bizkaia y fuésemos a Vitoria porque había ‘muchos traslados acumulados’ de infecciosos. Íbamos a Vitoria con 5 bombas de desinfección y 5 trajes y 10 mascarillas. Hay que tener en cuenta que esa ambulancia por entonces se activaba como mucho cada tres meses, para alguna tuberculosis, meningitis… cosas no habituales. Llegamos sobre la una de la tarde y recogimos el primer paciente. Al trasladarlo al Hospital de Txagorritxu aquello parecía la guerra. En Bizkaia no estábamos en aquella situación. Hay que recordar que el virus, en España, donde estalló fue en Vitoria, y al principio de la pandemia llegó a tener una situación infecciosa muy superior a Lombardía», recuerda Frechilla.

Su visión de Txagorritxu es inolvidable: «habían dejado la sala de urgencias vacía y puesto un montón de plásticos por todas partes. Los compañeros del hospital estaban sobrepasados. No nos dejaron volver a Bizkaia e hicimos 5 traslados más. Habían cerrado el bar del hospital, así que en uno de los traslados comimos en un bar a 100 metros mientras la ambulancia de desinfectaba con una bomba de desinfección. Se nos acabó el material de protección y en el hospital no nos querían dar más porque estaban en reservas. Pero como yo tenía que ir a Bizkaia a reponer y eso implicaba que no podía continuar, emergencias ordenó que sacaran material de donde fuese y me lo dieron para seguir».

«Esto se repitió los días siguientes. Fue impactante, porque en Vitoria me di cuenta de lo que venía. En Álava la enfermedad estaba desatada, las calles desiertas, la Ertzaintza impedía a los familiares acercarse a los enfermos, era todo desconocido», revive el delegado de LSB-USO-Euskadi.

Bolsas de basura como batas y protocolos efímeros: empieza la lucha contra el covid en la sanidad

El coronavirus era más rápido que la pólvora. En todos los hospitales faltaban camas, faltaban manos. Castilla y León fue una de las comunidades más castigadas con la mortalidad de la primera ola. Carlos Quiñones, delegado de USO en el Hospital Universitario de León, recuerda cómo les estalló la pandemia sin estar preparados: «pese a la disposición para dar lo mejor de nosotros, nos vimos superados por la cantidad de pacientes que ingresaban. El servicio de Urgencias estaba todos los días colapsado».

Y, como en símil de guerra, enfrentaban los cañonazos con tirachinas: «no disponíamos de equipos de protección individual, los famosos EPI, solamente una mascarilla quirúrgica que nos daban para utilizar tres días, a veces más. Las batas tampoco existían, teníamos que hacérnoslas con sacos de basura para aislarnos un poco ‘del bicho’. Un poco. Porque, con una bolsa de basura…»

A la escasez, se unía la confusión, recuerda este enfermero de Urgencias: «había, además, mucha confusión. Porque tan pronto sacaban un protocolo y no era necesaria la mascarilla FFP2 como era necesaria. El problema es que no disponíamos de ellas, no había mascarillas en el mercado».

Es la misma sensación de Silvia Lucena. Celadora en el Hospital de la Línea de la Concepción, recuerda que «los primeros días se vivieron con incertidumbre. Nos enfrentábamos a algo que nunca habíamos tenido. Ni las autoridades se aclaraban ni sabíamos cómo se contagiaba o cómo no. Fue todo un caso y lo notamos en los hospitales. Éramos como un barco a la deriva: no sabíamos muy bien por dónde tirar y lo vivimos mal, con miedo, con miedo a lo desconocido».

Un colapso nunca visto en toda la cadena de la atención sanitaria

Lo mismo ocurría con las provisiones en Álava: «el material se acabó a los pocos días. El consumo era extraordinario y no había stock. Las bombas de desinfección se empezaron a usar solo una por turno, las mascarillas se reutilizaban, se usaban bolsas de basura y guantes de fregar los platos porque son de caña larga… Los compañeros improvisaban, comprábamos caretas de soldador, cosas así, y la carga de trabajo se desequilibró», describe Antonio Frechilla.

A esto se añadió la falta de otros recursos y de personal. El técnico de emergencias sanitarias recuerda que «hubo un momento, en las tres primeras semanas de abril, en que los traslados tenían retrasos de 24 horas. Lo nunca visto. Alguien llamaba porque su familiar con covid estaba muy mal y la ambulancia tardaba 24 horas en ir a buscarlo. Hay que tener en cuenta que, en situaciones normales, el tiempo medio de respuesta no pasa de los 15 minutos entre que llamas al 112 y tienes la ambulancia en tu portal. A veces, llegábamos a los domicilios y el enfermo ya había fallecido».

Gracias por los aplausos, pero sed responsables

Las carencias se paliaron, en parte, por la colaboración ciudadana. «Hubo grupos de la sociedad que se volcaron a ayudarnos. Un montón de gente nos hizo mascarillas, batas de tela… nos llevaron comida, bebida…», rememora Carlos Quiñones.

Pero le pide a la sociedad la colaboración principal: la responsabilidad. «Si de algo estoy agradecido pero, quizá, me ha sobrado y, por el comentario de todos mis compañeros, lo mismo, son los aplausos de las 8 de la tarde. Es un comportamiento bonito durante un tiempo, pero es más importante que la gente sea responsable. Quizás esa responsabilidad hubiera evitado alguna que otra muerte. Hemos aprendido a luchar con el enemigo invisible, intentamos ir por delante de él. Pero, para que todo pueda algún día volver a su cauce, hemos de ser responsables. Toda la sociedad. Hay que concienciarse. Todo depende de nosotros y creo que, con la vacuna, estamos viendo la luz al final del túnel. Pero aún nos queda».

Y, en general, el delegado de USO pide que, cuando se tomen medidas, no prime «la economía sobre la salud».

«Hemos perdido a unos cuantos compañeros»

Carlos Quiñones y Silvia Lucena coinciden en cómo ha golpeado la enfermedad al personal sanitario. El enfermero de León reconoce que «muchos compañeros se infectaron, y algunos con graves consecuencias. Otros, con fatales consecuencias. Hemos perdido a unos cuantos compañeros».

En la otra punta de España, la situación no era distinta. «Al principio vi muchas carencias en el hospital, como en todos los hospitales. La cosa se fue arreglando conforme pasaban los meses, pero la primera oleada fue criminal. Cayeron muchísimos compañeros porque no teníamos los medios suficientes para combatir este virus».

«Los trabajadores nos compramos fumigadores de mano de jardín. Los llenábamos de agua con lejía y nos fumigábamos unos a otros, desinfectando traje y mascarilla. Cuando un compañero daba positivo, nos sentíamos abandonados. Las mutuas no nos querían ni ver, las cerraron. No nos querían dar cuarentena a los que habíamos trabajado con el positivo. El problema es que se disparó el nivel de bajas y cuarentena y las empresas reconocían de puertas para adentro que no eran capaces de cubrir los puestos. Mi compañero cayó con covid-19 el sábado 18 de abril y lo ingresaron el domingo con 39º de fiebre, pero la mutua se negaba a darme aislamiento a pesar del protocolo. Me lo tuvo que dar mi médico de cabecera el miércoles 22. Mientras, yo guardaba distancia en la base con los compañeros y estos intentaban mantener la distancia conmigo», relata Antonio Frechilla.

«He visto a compañeros llorar por gente que habían conocido hacía cinco minutos»

Quienes han tenido a enfermos frente a sus ojos y quienes los han visto morir coinciden en la enorme crueldad de la enfermedad que provoca el virus. No solo por sus síntomas, sino por la soledad de los últimos días.

«Lo que más me llama la atención de esta maldita enfermedad es ver cómo la gente moría sola, sin su familia. Sin una mirada y una mano para ayudarlos en tan difícil paso. Imaginaos entrar a una habitación y estar día tras día luchando contra esa enfermedad y ver que algunos morían solos. Es muy duro, muy duro. Siempre te decían lo mismo: ‘decidle a mi familia que la quiero; a mis hijos, que los quiero…’. A veces, intentábamos llevarles el móvil si la familia lo dejaba en urgencias. Se lo subías a la planta para que pudieran tener esa comunicación», no puede olvidar Quiñones.

El enfermero reconoce que «he visto a compañeros llorar por gente que habían conocido hacía cinco minutos. Y ver cómo se te iban de las manos en un momento: llegar a una saturación del 92, del 93… y bajar, bajar… y morirse. Es una enfermedad muy dura y una situación muy complicada. Creo que, psicológicamente, el personal sanitario está y va a estar muy afectado y van, vamos, a precisar una ayuda».

Los efectos psicológicos y emocionales que acabarán pasando factura a nuestros sanitarios

Aunque un sanitario vea apagarse decenas de vidas en su carrera profesional, nunca está preparado para los dramas continuos que trajo el covid. «Es terrorífico, por ejemplo, llamar a la mujer de un paciente y decirle que acaba de morir su marido y que te conteste ‘pues cuando pueda iré por el hospital porque estoy enterrando a mi madre y hace cinco días enterré a mi padre’. Duro, muy duro», prosigue el leonés.

La celadora de La Línea, por su parte, tiene grabados recuerdos similares: «cuando he estado en planta y he visto a esas personas, los efectos que veo y que percibo son una soledad grandísima. Siento una impotencia muy grande de ver a esos enfermos solos en esas habitaciones, que lo único que tienen es ese ratito cuando el personal está con ellos, cuando cierras la puerta y los dejas ahí y no sabes cómo los vas a encontrar; de ver a esas familias que llegan a urgencias desesperadas porque quieren saber, porque tienen poca comunicación con los médicos y es frustrante, mucho. Se va llevando como se puede, pero te hunde, hay días que he llegado a mi casa hundida, de llorar de impotencia por no poder dar más de mí».

«Vaciábamos residencias completas, en algunas hizo estragos», lamenta Antonio Frechilla. «Cuando el enfermo estaba muy mal y lo devolvían a la residencia, el personal nos llamaba porque le habían devuelto el enfermo y estaba en la habitación y no oían nada, y querían que entrásemos para ver si estaba muerto. El personal de la residencia no tenía recursos ni medios de protección y estaban atemorizados, no querían ni entrar a ver al enfermo».

Alguna vez, pocas, la vida les dio un pequeño premio: «recuerdo una vez que entramos y el señor nos regaló una sonrisa. Ya se encontraba bien y nadie cruzaba la puerta para verlo. El personal tenía demasiado miedo, le dejaban la comida en la puerta».

Los jóvenes que se fueron, los sanitarios que nos hacen falta en la sanidad para enfrentar al covid

Tras esa primera ola mortal y mortífera, el virus siguió entre nosotros. Hemos pasado otras dos olas. No son muchos los que han estado trabajado de continuo en sanidad, sin caer de baja o de cuarentena por covid. En el Gómez Ulla, «la situación es parecida» a como se preparó para ser el primer hospital covid. Pero, en general, todos están de acuerdo en que «ahora mismo hay más medios», dice Silvia Lucena.

«El problema son los recursos humanos», añade Carlos Quiñones. «Hemos caído muchos y la reposición de personal es inexistente. Por desgracia, no hay médicos ni hay enfermeras. Los famosos recortes que todos hemos conocido y por los que todos hemos gritado y peleado han dado su fruto. Debido a ellos, hay muchos profesionales que han migrado a otros países: la famosa fuga de cerebros y profesionales. Pues esto ha traído sus consecuencias».

«¿La mejor sanidad del mundo? No sé si lo es», reflexiona. «Los mejores profesionales del mundo, puedo asegurar que lo somos. Pero, si nos faltan otras cosas, malo», clama.

«Las siguientes olas se han vivido con algo más de orden en cuanto al surtido de EPI», afirma también Antonio Frechilla. «Pero el servicio en general es un desastre y, en particular el de las ambulancias, ha bajado muchísimo. Sigue saturado y puede llegar una ambulancia a tu casa en 45 minutos, lo nunca visto».

Denuncia que se han relajado las medidas de desinfección y que «como hay mucho trabajo y desinfectar la ambulancia entre traslado y traslado lleva más de una hora según el protocolo, con el nuevo protocolo se desinfectan cada 12 horas. Y en la práctica, como no te dejan parar, pueden pasar hasta 30 horas sin desinfectar. Mientras tanto, trasladas a confirmados y a posibles contagiados invariablemente».

¿Fin del coronavirus?

«Llevamos casi un año conviviendo con el covid y hemos aprendido mucho, pero queda más por aprender. Y por educar a la sociedad. Yo solo deseo que no haya una cuarta ola, que esto se termine», pide Silvia, desde La Línea.

«La gente está más tranquila trabajando por las vacunas», reconoce Frechilla, quien no quiere dejar pasar la discriminación que ha padecido el personal de ambulancias: «exceptuando el personal de Urgencias de los hospitales, nadie es más primera línea que nosotros. Siempre se nos ha considerado primera línea hasta que la consejera de Salud del Gobierno Vasco lo puso en duda en los turnos de vacunación y nos fuimos a la huelga, como ya habíamos hecho por las medidas cautelares de vigilancia de la salud».

Hay esperanza, pero no una fecha de fin del coronavirus. Sus efectos son aún inestimables. Tampoco las secuelas que el covid dejará en nuestra sanidad y sus trabajadores. «Tenemos una gran cantidad de bajas por covid, aislados y de baja por estrés. Como USO, a lo largo de este año hemos presentado demandas ante el Tribunal de Justicia del País Vasco por falta de EPI, por no hacer seguimiento de la salud de los trabajadores y por no hacer PCR cuando en los centros de trabajo había positivos. Hemos tenido que convocar ya dos huelgas de ambulancias».


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