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«La caótica retirada de Afganistán nos obliga a apresurar una sincera reflexión sobre la defensa europea»

Consejo Europeo

«La caótica retirada de Afganistán nos obliga a apresurar una sincera reflexión sobre la defensa europea»

En este número del boletín, el presidente Michel dedica su reflexión a Afganistán.

El 2 de septiembre, el presidente Charles Michel ha publicado un nuevo número de su boletín, en el que informa a los ciudadanos acerca de las actividades del Consejo Europeo. En esta ocasión, el presidente reflexiona sobre las enseñanzas que deben extraerse de la crisis que atraviesa Afganistán y de los desafíos que esta plantea para la seguridad y la defensa de la UE. Hace hincapié en la necesidad de que la UE refuerce su autonomía estratégica y su capacidad de actuación, protegiendo sus propios intereses.

La situación en Afganistán nos lleva a realizar análisis y a tomar decisiones de acuerdo con nuestros puntos de vista e intereses geoestratégicos. La crisis afgana nos impone un ejercicio de autonomía estratégica a tamaño natural.

Palabras del presidente Michel, 2 de septiembre de 2021

La caída de Afganistán en manos de los talibanes ha dado lugar a situaciones trágicas y también ha producido imágenes insoportables, cuyo punto culminante fue el atentado de la semana pasada que provocó la muerte de al menos 170 personas.

Mucha gente se pregunta de qué sirvieron los veinte años de presencia internacional y pone en tela de juicio la discrepancia entre la participación de Europa en el esfuerzo internacional en Afganistán y su limitada influencia en las decisiones estratégicas y el curso de los acontecimientos hasta estos últimos días. Como potencia económica y democrática mundial, ¿puede Europa estar satisfecha con una situación en la que no puede garantizar, sin ayuda, la seguridad y la evacuación de sus diplomáticos, de sus ciudadanos y de quienes les han ayudado y, por lo tanto, corren peligro? Y aquí quiero rendir homenaje al personal local y de la UE que trabajó sin descanso hasta el último minuto en Afganistán, así como a todos nuestros diplomáticos en todo el mundo.

¿Qué otro acontecimiento geopolítico importante necesitamos para que Europa aspire a una mayor autonomía en la toma de decisiones y a una mayor capacidad de actuación? La situación en Afganistán nos lleva a realizar análisis y a tomar decisiones de acuerdo con nuestros puntos de vista e intereses geoestratégicos.

La crisis afgana nos impone un ejercicio de autonomía estratégica a tamaño natural.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

En 2001, para ayudar a los Estados Unidos tras los atentados de Al Qaeda en suelo estadounidense, los socios de la OTAN decidieron invocar el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte por primera y única vez en la historia de la organización. El artículo 5 establece que un ataque armado contra un aliado de la OTAN será considerado como un ataque dirigido contra todos los aliados.

El objetivo de la operación militar internacional puesta en marcha por la OTAN en Afganistán era erradicar la amenaza terrorista de Al Qaeda protegida por el régimen talibán. Poco a poco dicho objetivo se fue combinando con una iniciativa de construcción del Estado. Un Estado estable y democrático parecía la mejor garantía contra el regreso de la amenaza terrorista. Optando por una total solidaridad con su aliado estadounidense, los países europeos asumieron gran parte del esfuerzo militar, civil, financiero o humanitario destinado a Afganistán y a los afganos. Afganistán acabó por convertirse en el primer beneficiario de la ayuda al desarrollo prestada por la UE.

Los acontecimientos de los últimos veinte días revelan el trágico legado de este doble objetivo. El Estado que pacientemente tratamos de construir resultó ser un castillo de naipes. Y el atentado del aeropuerto de Kabul puso de manifiesto que Afganistán sigue siendo uno de los refugios preferidos de unos terroristas que, en los últimos veinte años, también se han ido afianzando en otros lugares, especialmente en África.

La celebración de un acuerdo político con los talibanes, seguida del principio, la forma y el momento de la retirada militar, han sido decisiones de los Estados Unidos. Son decisiones soberanas y, sin duda, legítimas a la luz de los intereses estadounidenses. Sus decisiones y la rápida captura de Kabul por parte de los talibanes provocaron esa situación repentina y caótica.

Fuimos a Afganistán con nuestros aliados estadounidenses. Y ahora nos marchamos con ellos. Pero la nueva situación tiene consecuencias muy distintas para los Estados Unidos y para Europa. Ese es el motivo por el que Europa debe tomar rápidamente decisiones relacionadas con sus intereses estratégicos.

Cuestiones urgentes que afrontar
La intervención militar ha terminado; pero eso no supone el fin de nuestro compromiso con la seguridad y los derechos fundamentales de las mujeres y los hombres afganos. Esto plantea una serie de cuestiones tanto operativas como geopolíticas. En primer lugar, la cuestión de un aeropuerto civil seguro en Kabul, que permitirá un acceso esencial para la ayuda humanitaria y para quienes la organizan y la prestan: los organismos de las Naciones Unidas, las ONG y los diplomáticos. Los talibanes necesitarán ayuda extranjera para gestionar el aeropuerto. Algunos países ya han ofrecido sus servicios. Europa quiere seguir proporcionando ayuda humanitaria a los afganos y, por lo tanto, debe participar en el empeño por alcanzar ese objetivo.

La futura relación con el nuevo régimen es otra cuestión clave. En la reunión virtual de los dirigentes del G7, acordamos por unanimidad unas condiciones fundamentales: el respeto de los derechos humanos, en particular de las mujeres, las niñas y las minorías; la formación de un gobierno inclusivo que refleje la diversidad afgana; y el cumplimiento por parte de Afganistán de sus obligaciones internacionales, especialmente en materia de lucha contra el terrorismo y el narcotráfico.

Si se ponen de relieve estas condiciones, es evidentemente porque existen dudas sobre la disposición de los talibanes a aceptarlas. Desgraciadamente, la verdadera cuestión no es si cumplirán esas condiciones de forma inmediata, plena y sostenible, sino más bien en qué medida será posible animarlos a hacerlo y con qué resultados.

Debemos actuar con lucidez y utilizar todos los instrumentos de presión disponibles. El nuevo régimen no tiene acceso a las reservas monetarias del Estado afgano y querrá mantener lo máximo posible las relaciones económicas exteriores. La ayuda humanitaria, en particular de Europa, será crucial para la estabilidad interna. El reconocimiento y la cooperación con la comunidad internacional son objetivos vitales para el nuevo régimen de Kabul.

Deben utilizarse estos medios de presión en beneficio del pueblo afgano, y ello conllevará tratar con los nuevos dirigentes de Kabul, en función de su grado de apertura a los principios anteriormente mencionados. Pero no podemos desperdiciar la más mínima oportunidad de hacerlo posible.

También hemos de colaborar con los países vecinos de Afganistán y con otros países de la región. Puede que no todos compartan las mismas normas democráticas que nosotros; pero sí tienen una influencia real en esas cuestiones, motivo por el cual debemos dialogar con ellos.

Quiero encomiar el trabajo incansable de Josep Borrell, nuestro alto representante para Asuntos Exteriores. En estrecha consulta con él, mantuve una ronda de conversaciones telefónicas con los dirigentes de Pakistán, Qatar, Turquía y los vecinos de Asia Central Kazajstán, Kirguistán, Turkmenistán y Uzbekistán, así como con la India. Escuché mucho e intercambiamos puntos de vista sobre acciones concretas destinadas a ejercer una influencia moderadora sobre las nuevas autoridades de Kabul. Y, una vez más, pude oír hasta qué punto se ve a Europa en el exterior como una fuerza leal y positiva.

También hablamos del posible impacto de los recientes acontecimientos en los flujos migratorios. Los países vecinos ya acogen a varios millones de afganos que han huido de su país. Sin duda surgirá la cuestión de la acogida de las personas que sigan llegando y, con ella, la de los recursos que esos países necesitan para hacer frente a la situación. Obviamente, es algo que afecta también a países y regiones más alejados, pero susceptibles de ser una etapa posterior para algunos de esos migrantes.

Es el caso, en particular, de Europa: otro motivo para entablar conversaciones con esos países, que compartirán con nosotros la responsabilidad y los esfuerzos para ofrecer, dentro o fuera de Afganistán, condiciones de vida dignas, seguridad e incluso la acogida de afganos que necesiten protección internacional.

Iniciativa internacional relativa a Afganistán
Junto con los Estados miembros de la UE, tenemos que elaborar posiciones sólidas y comunes sobre estas cuestiones. Pero, naturalmente, es algo que no afecta únicamente a Europa. Un Afganistán estable que respete sus obligaciones internacionales es algo beneficioso para el mundo. El esfuerzo por defender los principios fundamentales y mantener nuestro apoyo al pueblo afgano es responsabilidad de toda la comunidad internacional. Y los europeos debemos asumir la parte que nos corresponde. Participaremos activamente en cualquier iniciativa multilateral —por ejemplo, en el marco de las Naciones Unidas o del G20— destinada a canalizar y maximizar las iniciativas conjuntas de la comunidad internacional para apoyar al pueblo afgano.

Lecciones para la Unión Europea
Las dos últimas décadas y su culminación nos han enseñado tres lecciones en Europa, más allá de la situación afgana.

En primer lugar, ante situaciones complejas arraigadas en la historia, debemos buscar soluciones matizadas, adaptadas y sostenibles. Debemos ser modestos y realistas, sin perder nunca de vista los valores fundamentales que son nuestra brújula.

La segunda lección es que la Unión Europea solo puede hacer frente eficazmente a los desafíos mundiales intentando lograr la convergencia entre sus miembros, o incluso la unidad en cuestiones que a menudo están sujetas a la soberanía nacional. Ya hemos avanzado mucho en esta dirección, al forjar un entendimiento colectivo en el seno del Consejo Europeo. Se trata de un requisito previo para determinar los objetivos estratégicos comunes y los medios de actuación, y es un trabajo que debe intensificarse.

Por último, cada vez resulta más evidente la necesidad de reducir nuestras dependencias y de reforzar nuestra autonomía estratégica. La UE y sus Estados miembros deben tener un peso mayor en el mundo, para defender nuestros intereses y valores y proteger a nuestros ciudadanos. Esta autonomía estratégica, cuyo componente de defensa y seguridad debe desarrollarse, es un complemento de nuestras alianzas. Una Europa más fuerte hará que nuestras alianzas —y, por tanto, nuestros aliados— también sean más fuertes.

La caótica retirada de Afganistán nos obliga a apresurar una sincera reflexión sobre la defensa europea, ligada a los debates entre los socios de la OTAN.

Tras estos últimos veinte años en Afganistán, tenemos una responsabilidad para con los afganos. Y también tenemos una responsabilidad para con nosotros mismos, como europeos.


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