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Reyes y dragones

José A. Miquel Silvestre – 26/11/2009 – Cinco Días
Cuenta la fábula que las ranas vivían tranquilas en una anárquica charca sin nadie que las importunase. Pero se aburrían. Sentían la falta de autoridad. Necesitaban normas y un gran Leviatán. Clamaron por un rey. El cielo, apiadado de su candidez, les mandó un leño que cayó con estrépito. Ya tenían rey. Pero las ranas pronto comprobaron que tras el alboroto inicial, aquel monarca indolente se limitaba a flotar en su propia indiferencia. Era un soberano demasiado bueno. Rompieron a croar indignadas. Querían un verdadero rey. Desde el cielo se oyó el jaleo y la piedad se trocó irritación. Se arrojó entonces un fiero dragón que nada más amerizar se dedicó a satisfacer su gula con menú exclusivo de súbditos. Despavoridos, los monárquicos batracios suplicaron piedad, pero en el cielo se les había terminado tan donosa mercancía. «¿No queríais un verdadero rey? Pues tomad rey», tronaron las alturas, desentendiéndose de la suerte de aquellos alimenticios mortales.
La fábula ilustra perfectamente cómo cualquier Gobierno, incluso el mejor posible, siempre deja descontentos, pero también permite intuir que siempre será deseable que los gobernados participen en la elección de sus gobernantes para que, si a éstos les da por comportarse como leños indolentes o como furiosos dragones, al menos aquéllos puedan hacer uso del anestésico consuelo de decirse: «Tenemos lo que nos merecemos».
Sólo por eso soy de los que participan del típico tópico que reza que la democracia es el menos malo de los sistemas. Y lo es para la más alta magistratura estatal o la más oscura comunidad de vecinos. Ni que decir tiene que también lo es para un colegio profesional.
Viene este largo rodeo porque está cercano el proceso electoral del mío: el de registradores de la propiedad y mercantiles. Y viene también al caso la fábula por la enorme diferencia que hay entre su sistema electoral y el de otra entidad pareja: el Consejo General del Notariado.
La diferencia es la que hay entre el sufragio censitario y el universal. O sea, toda la del mundo. Al presidente del Consejo General del Notariado lo eligen los presidentes de los respectivos colegios autonómicos, mientras que al decano del Colegio de Registradores lo elige el voto directo e igual de los colegiados, iguales entre sí sin que ninguno valga más que el otro. Ello implica que éste sea siempre primus inter pares y aquél un sumo sacerdote de sanedrín.
Lo paradójico se da cuando a éste lo elige una mayoría de presidentes autonómicos que representan a menos notarios que los de las autonomías disidentes, como parece ser el caso ocurrido con don Antonio Ojeda, el de las ruedas de prensa, de quien se dice no apoyaron ni Madrid ni Cataluña ni Aragón, comunidades con elevado número de fedatarios, muchos muy sensatos y que alucinarán con las cosas que hace y dice en su nombre.
El otro protagonista de la película, Eugenio Rodríguez Cepeda, un registrador de pueblo, tuvo el respaldo de la mayoría de los colegiados, quienes en las últimas elecciones votaron en un porcentaje superior al 90%.
Rodríguez Cepeda ha realizado un mandato de suaves formas aunque decidido en el fondo. Pero ha renunciado a presentarse a la reelección a pesar de éxitos como la celebración del 75 aniversario del Colegio con la presencia de todos los ministros de Justicia de la democracia, o la sentencia del Tribunal Supremo anulando varios artículos ilegales de un reglamento notarial hecho a medida de los reglamentados. Quiere ver crecer a sus dos nietos y nadie le negará ese derecho.
No habrá vacío de poder. Han salido cuatro candidatos con sus respectivos equipos. Uno procede del equipo gobernante actual y es responsable del exitoso modelo tecnológico y de intercomunicación de los registros con la sociedad. Sorprende tanto voluntario a una silla que da más sinsabores que otra cosa, pues el cargo no es remunerado y supone un importante desgaste personal. Cualquiera de ellos puede hacerlo bien.
Sin embargo, ni ellos ni los votantes deberían olvidar que en la charca vecina, a cuenta precisamente de estos relucientes sistemas tecnológicos, ruge un dragón dispuesto a aprovechar cualquier retraso en su implantación definitiva, aunque en el empeño termine devorando incluso a sus propios súbditos.


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